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lunes, 16 de julio de 2012

Hartazgo vs Admiración


Cansado de algunos inútiles y asombrado de la magnificencia de otros muchos.

Hoy he pasado de un sentimiento de hartazgo a otro de admiración y vergüenza torera leyendo las noticias.

Hartazgo por ver como hay personas que compraron una vivienda normal, sin lujos ni excesos, asumiendo para ello hipotecas razonables, van a ser desalojados por haber ido al paro por falta de actividad empresarial. No todo son derrochadores y especuladores. No es justo juzgar a todos con el mismo rasero.

Hartazgo por ver como el poder económico está imponiendo lentamente su ley a todos y cada uno de los países, en lo que está siendo un golpe de estado silencioso y por todos tolerado. A cambio de ayudas para los bancos españoles, a quienes ya pagamos nuestras deudas todos los meses, tenemos los españoles que ceder la soberanía en asuntos tan vitales como la gestión tributaria y económica del país. Eso, en palabras llanas, es todo menos decidir como se fomenta la cultura y como se castiga un delito ajeno a bienes patrimoniales. Prefiero que desaparezcan los bancos a que sea una troika, mandatarios de los “mercados”, los que decidan en lugar de nuestros legítimos representantes (aunque inútiles), que hacer y como hacerlo.

Hartazgo por ver como el Estado no hace sino empeorar la situación, derrochando en épocas boyantes y despidiendo y recortando en épocas malas, gobernado por cabezas huecas (y en muchos casos presuntos corruptos), que lo único que saben es arrimarse al árbol que más sombra da,.

El estado, en una economía de mercado, debe estar en segundo plano y actuar como una amortiguador que corrige los fallos de esas leyes de mercado. Debe ahorrar en épocas de bonanza, velar porque eso no lleve a creación de burbujas y corregir de inmediato cualquier ralentización de la economía, por pinchazo de una burbuja. Debe suplir la inversión privada cuando ésta no se da y reservar recursos cuando la iniciativa privada hace innecesaria su intervención.

Hartazgo por ver como ahora los políticos quieren apuntarse un tanto cuando piden la comparecencia en el Congreso de los directivos de las entidades financieras quebradas, algo que en realidad se hace para salvar la cara, tras una lógica reivindicación pública y cuando la justicia ya ha aperturado diligencias previas para investigar lo ocurrido.

Pero todo no es hartazgo, hoy también he sentido admiración por ver que hay gente que es capaz de salir a la calle a apoyar las reivindicaciones de los mineros aunque no hayan visto una mina en su vida, ni sepan de su dureza. No sé si la mina es una industria a salvar, pero sí que si cambiamos el modelo productivo se ha de prever políticas para evitar que los trabajadores del sector sufran las consecuencias.

He sentido admiración por los integrantes del movimiento 15M que han conseguido reunir dinero para presentar una querella contra los directivos de las entidades financieras que nos han llevado a la ruina colectiva. Algo que además de admiración me hace sentir vergüenza torera por no hacer lo que también, y especialmente en mi caso, pude hacer.

He sentido admiración por esas personas que siguiendo un concepto moral y ético de la justicia han evitado que una madre con dos hijos se quede en la calle al no poder pagar una hipoteca para adquisición de una vivienda necesaria y para nada suntuosa.

Las normas existen y se deben respetar, pero su aplicación ha de ser desde la consideración de todos los factores y hechos, no parcial, y es un principio básico de cualquier cuerpo normativo el que no se puede proteger el beneficio que surge de la negligencia o culpa del responsable. En derecho se dice que el que ha actuado negligentemente (con culpa) no puede obtener beneficio de su propia culpa o negligencia. Todos estamos de acuerdo en que un maltratador no debe recibir pensión de viudedad si mata a su esposa. Pues igualmente un banco, miembro del sector financiero, cuyos excesos han provocado esta crisis y el paro de sus clientes, no debería poder adjudicarse el inmueble adquirido con el dinero prestado por el 60% de su tasación (conservando el derecho a reclamar el resto frente a otros bienes del deudor o sus avalistas), cuando el deudor no paga porque no tiene trabajo ni ingresos para reintegrar el préstamo. Otra cosa sería que el deudor no pagase el préstamo por mala fe o causa ajena a la crisis, o porque hubiese sido concedido para una vivienda suntuosa o por encima de las posibilidades económicas del deudor.

He sentido admiración por los jueces-magistrado que así lo han expresado en varias sentencias, estimando que la deuda quedaba saldada con la adjudicación del inmueble, por entender que lo contrario, pese a ser ajustado al literal de la norma, sería injusto por ir contra el principio precitado de no permitir el beneficio del culpable.

He sentido admiración por esa madre soltera que iba a ser desahuciada, que aun en esa situación límite, oportunamente solventada con la concesión de un piso de protección (alquiler de 70.-Euros/mes) y el aplazamiento de su lanzamiento, ha sabido ver y destacar que el problema no es la vivienda en este país (viviendas hay más que personas necesitadas de ellas), sino la falta de empleo. Como bien señala, da igual lo barato que sea el alquiler si no encuentra trabajo para poder pagarlo.

¿Cómo es posible que una madre soltera sin asesores ni información privilegiada vea las cosas más claras que todos los cerebritos que tenemos por representantes en las cámaras? Aquí sólo se habla de inyectar liquidez, de salvar a la banca y de recortar puestos y costes. La administración parece que va a recortar en personal y pagas extra. Los bancos intervenidos deberán recortar personal y cerrar sucursales. Y el IVA, impuesto indiscriminado e injusto como el que más, parece que subirá una vez más.

En una sociedad con un paro insostenible, ¿cómo puede ser considerado una solución elevar el número de personas sin ingresos, reducir el poder adquisitivo de los que trabajan y encima encarecer todo al subir el IVA? Hasta un niño entiende que echar gasolina a un fuego no es apagarlo.

Hasta un niño entiende que las empresas necesitan vender para subsistir y que sin poder adquisitivo o ingresos nadie consume.

Hasta un niño entiende que si no hay beneficio, no se pueden pagar deudas y que dar dinero a una entidad quebrada y sin actividad, es tirar el dinero. Da igual cuales sean las condiciones del préstamo porque no podrá reintegrarlo pues nada produce.

La economía de libre mercado es un circulo vicioso, que tiende a retroalimentarse en un sentido positivo o negativo hasta el extremo. Es papel del estado el controlar que se retroalimente en sentido positivo pero sin llegar al extremo de agotarse.

Ahora lo que está haciendo es animarlo para que se retroalimente negativamente hasta que no quede nada.

Menos mal que aun hay gente, mucha, con conciencia y con los arrestos de pelear por lo que es suyo y por que no le tomen el pelo con su aquiescencia.

Y por último, siento orgullo de poder ver que incluso en un cabreo monumental y una situación terrible, la gente me ha dado motivos para sentir admiración más veces que hartazgo.

lunes, 2 de julio de 2012

Un fin carente de principios


En pleno momento de crisis, quiero pensar que son muchos quienes recapacitan acerca de los posibles errores cometidos o las mejoras que se podrían acometer. Por mi parte, prefiero analizar los por qué de una situación sin precedentes.

Sin duda, no soy el más indicado para arreglar el desajuste en el que nos encontramos, dado que no dispongo de toda la información para ello, entre otras cosas. Sin embargo, me considero capaz de analizar mi contexto, y sobre eso, elaborar mis propias conclusiones.

Este proceso de meditación surge ante la pregunta: ¿Cómo definirías esta época, este periodo de tiempo, en pocas palabras?

A priori, la mayoría de nosotros recurriría a expresiones como la era de la tecnología, de la comunicación, de la globalización, de la democracia o del capitalismo. Pero me van a permitir que resuma todos ellos en uno. Prefiero definir este periodo como “un fin carente de principios”.

Si analizamos cada uno de los referentes sociales que podrían caracterizar estos días, nos encontramos con un denominador común en todos ellos: la ausencia total de principios, la pérdida de referentes, el abandono de los objetivos iniciales desvirtuados ante la avaricia humana.

Cuando hablamos de tecnología, no cabe duda que es uno de los sectores que ha sufrido mayor evolución en los últimos años, hasta el punto de convertirse en un modelador de conductas. La sociedad ha cambiado, como consecuencia de una herramienta tan potente como omnipresente. Vehículos, ordenadores, televisiones, móviles, internet... un sin fin de avances que surgieron como herramienta de apoyo al ser humano. Un modo innovador de contribuir a la eficiencia de nuestro sistema. Una ayuda para nuestros trabajadores, destinada a aumentar su producción a la vez que reducir su esfuerzo físico. Hasta aquí, nada que objetar.

Lo preocupante radica, como ya se comentó anteriormente en este blog, en que este principio generador de la idea, ha sido ninguneado públicamente, para convertir la tecnología en el máximo exponente de un capitalismo agresivo y despiadado. La tecnología, cada vez más, se convierte en un sustituto del ser humano. Un ente propio que nos insta a modificar nuestros hábitos para adaptarnos al ritmo endiablado en que se renueva el sector. Una herramienta capaz de restar validez a su creador, alejándolo de la ecuación y minando hasta sus virtudes más innatas. No son pocos los que denuncian un riesgo evidente en la falta de interacción social real entre los más jóvenes. Seres capaces de suplantar identidades antes que afrontar la suya propia. Es decir, un fracaso evidente del objetivo inicial.

En el caso de la comunicación, no hay duda de que las nuevas tecnologías y el poder de internet y las redes sociales se han convertido en el mejor vehículo de cara a mantener el contacto con aquellos que se encuentran más lejos. Una oportunidad de expandir nuestras necesidades más sociales y humanas, que ha derivado en una dependencia alarmante de los dispositivos para interactuar con nuestros iguales, divisando atrocidades como reuniones en las cuales los comensales de una mesa se comunican con interlocutores a kilómetros de distancia, mientras ignoran a quienes tienen delante. Conversaciones vía email entre personas en la misma habitación. Sin duda, un nuevo fracaso del objetivo original.

Si intentásemos analizar la democracia, descubriríamos una red infinita de representantes de la población, que lejos de ejercer su labor, se encuentran cuestionados por un pueblo que no se ve reflejado en ellos, ni se preocupa por ejercer su derecho en un juego del que hace años se fue desencantado.

La globalización, diseñada para difundir la diversidad universalmente, ha sido sustituida por un monopolio cultural donde los pequeños detalles se ven menospreciados ante la suculenta y todopoderosa tendencia global. Un saqueo colosal de las principales riquezas de este mundo.

El capitalismo, lejos de fomentar la libertad del ciudadano para acceder a aquello que considere necesario, se ha erigido en fiero defensor de una globalización mal entendida, estableciendo una dictadura de la moda, donde la sociedad se ve condicionada a consumir productos tan innecesarios como efímeros. Una obsolescencia programada que nos insta a invertir nuestro tiempo en generar el dinero necesario para continuar consumiendo necedades, mientras lo realmente importante se ve relegado a un segundo plano.

En esta línea podríamos seguir analizando aspectos de nuestra vida cotidiana, hasta convencernos de que este aparente final, no responde sino a una evidente ausencia de principios.

Nuestros pequeños nacen en un mundo abierto y adulto en el que no es fácil distinguir lo bueno de lo malo, donde la falta de contacto social, convierte en referentes vitales a seres tan lejanos como irreales. La figura paterna, seguida del profesor, se convierten en muestras obsoletas de un tiempo mejor.

Los medios de comunicación se empeñan en vender una imagen muy seductora, donde los oportunistas se convierten en líderes nacionales y los líderes nacionales en oportunistas, bajo la impasible mirada del resto.

El héroe ha pasado de ser el miembro más útil y válido de la manada, para vestirse de sinvergüenza espabilado y pícaro.

No podemos permitir que el sistema se rinda ante los inútiles, ya que esa dinámica sólo puede ir a peor. ¿O creen realmente que el inútil, no por ello menos listo, va a permitir que sus sucesores sean lo suficientemente válidos como para desprestigiarle y alejarlo de su reinado? Prefiero no ser tan iluso, y lejos de observar la realidad desde un perspectiva de negatividad, analizar los hechos con un pragmatismo meramente animal, para poder, a posteriori, actuar con la inteligencia que se le supone a los de mi clase.

No podemos permitir que todo lo conseguido en estos años, se vea enturbiado por la manipulación de unos pocos que se han empeñado en desviar nuestros caminos del sendero de la coherencia. Debemos recuperar el por qué de las cosas. Centrarnos en el motivo de su creación, el problema, para recuperar el objetivo ansiado, su solución.



jueves, 21 de junio de 2012

La Realidad Aumentada


No sé si os habéis sentido perdidos como turistas alguna vez, imagino que sí. Es una sensación que puede ser agradable por el hecho de no poder prever que se descubrirá a continuación o frustrante, por no poder saber como llegar al destino o sentir que se está perdiendo el tiempo, en un rodeo innecesario, o el dinero, al acudir a un negocio caro y de escasa calidad que los lugareños obvian a favor de otros.

En esa situación, lo normal es envidiar el conocimiento del lugar que tienen los lugareños. Antes de que existiese el GPS siempre que estaba fuera de mi entorno envidiaba la capacidad que los locales tendrían para diseñar una ruta en su cabeza o, incluso, rememorar rápidamente los mejores sitios para una buena cena.

Ahora con los GPS y el acceso a internet omnipresente, cada vez sentimos menos eso, pues tenemos toda la información a nuestra disposición siempre, e incluso empieza a ser posible el filtrarla en función de lo que nos rodea. Pero aun no hemos llegado al punto de superponer esa información de forma permanente sobre nuestra percepción del mundo.

El problema es que ya se empieza a hablar de forma seria de dispositivos capaces de superponer sobre la imagen real, una capa de información actualizada. Parece una simple pijada geek, pero no lo es.

Os habéis parado a pensar en lo que ello puede suponer para la nueva generación que está naciendo ahora. Los más jóvenes apenas nos estamos adaptando a la multitarea. No nos resulta raro estar andando por la calle escuchando música y contestando correos o consultando las noticias consideradas relevantes por los amigos en Twitter. Estamos permanentemente localizados, comunicados e informados y muchas veces echamos de menos perdernos, desconectar.

Pero es algo reciente, nuestro aprendizaje no estuvo condicionado por tales avances. Se basó en la adquisición de conocimiento a base de memorizar los datos. Nosotros ambicionábamos tener una colección de música, conocimientos y películas o conocer mejor que nadie nuestra ciudad. Ahora nos adaptamos, pero no es nuestro medio natural y conocemos una alternativa.

Pero, ¿nos hemos parado a pensar los cambios que puede generar en la humanidad este salto tecnológico?

Ahora la nueva generación no conocerá ni valorará el memorizar la información, ¿para qué molestarse en memorizar algo que está siempre a su alcance?
La nueva generación no querrá coleccionar el arte y la cultura, pues estará siempre a su disposición en internet.
Pero además, la nueva generación, probablemente no piense o decida de la forma que lo hacemos nosotros. Ni sabrá que la felicidad a veces está en aislarse o desconectar. Sencillamente desconocerán esos conceptos.

Son una generación que podrá consultar información actualizada y clasificarla a través de la tecnología en cualquier momento, de hecho, lo harán a todas horas. Desarrollarán la capacidad de filtrar información rápido, mejorarán la capacidad de análisis y decisión, pero por el camino tendrán una dependencia total y absoluta de la información almacenada en fuentes externas (algo muy peligroso).

Interactuarán con la tecnología de forma innata y constante, pero de forma indirecta con su entorno. Tendrán relación constante con personas por afinidad ideológica o de gustos, no por cercanía, y de una forma sesgada y controlada, lo que les llevará a perder una habilidad social que no aprendieron y que nadie les recordará (la anterior generación nos relacionaremos en modos y por canales distintos).

Será una generación que además será, forzosamente, autodidacta o más bien autónoma, pero no para aprender a hacer cosas, sino a resolver problemas puntuales o a tomar decisiones.
¿Para qué saber sumar si puedes preguntarlo y obtener una respuesta inmediata?
¿Para qué conocer la ciudad si puedes ver constantemente lo que te rodea clasificado y buscar lo que necesitas, que te digan donde lo venden y además como llegar?
¿Para qué observar los indicativos naturales de un cambio del tiempo si puedes conocer de forma inmediata la previsión para los próximos quince días?
¿Para qué perder el tiempo en aprender a hacer cualquier cosa y mecanizarlo, si el video o tutorial siempre estará ahí?
¿Por qué pararme a reflexionar si no sé lo que es el aburrimiento o la inactividad intelectual?

Todo esto me lleva a una generación con menos recursos y, sobre todo, más manipulable. Si les quitas la conexión o consigues filtrar la información, les habrás cegado. No habrá intercambio de información por el boca a boca. No habrá un fondo de conocimiento básico, de cultura general que permita saber si te están engañando o incluso realizar tareas básicas como desplazarse en su entorno habitual.
Por no haber, no habrá ni asentamiento de las experiencias ni memoria, porque no habrán entrenado esa memoria y todo será cambiante.

En un mundo donde todo el que mire hacia la sede de tu negocio, sepa de la opinión de los demás clientes y tus precios comparados con el resto, la buena o mala reputación cambiará por horas y nadie querrá recordar lo que fue hace meses o años, sólo como lo estás haciendo en los últimos días u horas. En un mundo donde todo queda registrado en fotos y vídeos, para qué pararte a memorizar o rememorar.

Una desconexión será para esa generación como para nosotros ir descalzos o quedarnos sin nuestro vehículo y ese es un cambio muy grande como para no reflexionar sobre si queremos darlo. Es un paso que además, será sin retorno. Habremos creado una nueva necesidad para la nueva generación: aire, comida, casa y conexión de datos constante, ubicua y permanente.

La tecnología está bien, aporta mil ventajas, pero si permitimos que monopolice el aprendizaje y experiencias vitales de la nueva generación, quizás estemos haciendo un uso inadecuado que pueda llevarnos a resultados perversos.

martes, 27 de marzo de 2012

El miedo como medio de manipulación


De un tiempo para acá, el empleo del miedo como medio de manipulación es indiscriminado y para nada discreto. Desde una famosa marca de neumáticos que alude a que si no montas sus neumáticos sufrirás un accidente con tu hijo en el coche (ahí, atacando al instinto paternal sin remilgos), pasando por una empresa de alarmas que directamente te insinúa la posibilidad de que unos desalmados entren en tu casa a matar a tu familia, y hasta los políticos, que en lugar de vender utopías como antaño, se promocionan a base de anunciar el mal que te hará el otro si gana.

Hemos adoptado y aceptado una actitud cobarde y negativa. Ya no se trata de venderte que el neumático es mejor porque tiene un mayor nivel de adherencia respecto a la competencia, hecho que debería decantar la adquisición a igualdad de precio. Se trata de "acojonarte" para decirte que si no montas ese neumático, puedes sufrir un accidente, para que por miedo y para calmar una preocupación inducida, compres esos neumáticos. Está bien llevar lo mejor y cuidar de tu automóvil, pero por sana responsabilidad, no por miedo.

Ya tampoco se trata de que un político te diga como solucionaría los problemas que hay, y muchos, sino de meterte miedo respecto de la opción contraria. No te empujan a votar por líneas de actuación frente a los problemas sino a evitar el mal del contrario.

Es una manipulación constante, en todos los aspectos de tu vida, que llega a producir tal miedo a cosas cuyo nivel de incidencia es mínimo, que se llega incluso a justificar:

- llevar a tu hijo atado por la muñeca al súper  para que no te lo quiten (lo he visto en Inglaterra).

- que haya un control permanente de la circulación, con fines claramente recaudatorios, por miedo a esos supuestos suicidas que conducen a más de 120 km/h en carreteras de cuatro carriles (no sé si se matará menos gente prudente que antes, pero su miedo ha llevado a que media España ande pidiendo puntos del carné prestados y pagando multas bien cuantiosas).

- que se puedan cerrar páginas de Internet sin procedimiento judicial o llevado al extremo. El miedo ha llevado a que la mayoría de la gente apruebe el que se vaya a controlar Internet, e incluso que nos conviertan en policías forzosos, como acaba de ocurrir en Francia, donde de la Ley Hadopi (Ley Sinde-Wert aquí) van a pasar a otra norma más dura que ya no sólo criminaliza a quien sube contenidos infringiendo derechos de autor o con fines criminales o ilegales, sino que también van a perseguir a quien acceda a esos contenidos. Ya sabe: “tenga cuidado con lo que lee”. En España no se ha planteado nada del estilo aún, pero viendo nuestro historial de plagios de normas restrictivas y desmesuradas…

- Y por último y más grave. El miedo nos ha llevado a aceptar la violación de derechos humanos o incluso una ¡guerra preventiva!

¿Os imagináis que al ir por la calle cualquiera se sintiese legitimado para pegar un tiro al transeúnte que le diese la sensación de que le va a atracar o a matar? Pues los estadounidenses y en general todos los países occidentales hemos llegado a aceptar esa “justicia” o “norma de conducta” cuando nos hemos metido en Irak o Afganistan a dar bombazos, causando miles de muertos.

Todos esos sinsentidos no se podrían hacer en contra de la opinión mayoritaria, pero el problema es que hay un sector que cree que en Irak había armas para enviar a cualquier parte del mundo a matar miles de personas o que en Internet sólo hay cosas malas, que sólo sirve para pervertir a sus hijos, sin darse cuenta de que es la mayor ventana a la información y a la cultura que jamás ha existido.

La única esperanza que tengo es que de tanto que abusan del miedo, el resultado se vuelva contra los manipuladores. Por poner un ejemplo, en Andalucía en las últimas elecciones parecía que el miedo a más ERE’s y demás corruptelas empujaría el voto al PP y que el miedo a los recortes se lo quitaría. Al final se han quedado prácticamente como estaban ambos partidos, pues las campañas de miedo que ambos han desarrollado sin ningún tipo de tapujo ha llevado a la abstención o el voto a la izquierda pura de izquierda unida.

Sí, sé que de boquilla todos dirán que la gente no vota y la participación disminuye por irresponsabilidad y apatía, pero en el fondo saben como yo, que hay mucha gente, sobre todo joven, que no quiere votar por miedo y tener que elegir al menos malo. Gente que quiere optar y decidir por la mejor opción, desde un punto de vista positivo y con miradas en el largo plazo. A la juventud no se le mete miedo con la derecha o la izquierda, pues son conceptos vacíos para nosotros que no vivimos la guerra civil o la mundial.

Somos una generación que se aproximó a Internet con objetividad, sin prejuicios y descubrió un arma para grandes cosas y somos una generación que, espero, está cansada de que la intenten manipular con el miedo.

miércoles, 11 de enero de 2012

La conciencia del colectivo


El otro día me daban un dato que no puede más que remover todos tus cimientos: el 98% de los universitarios no se plantean ni estarían dispuestos a emprender.

En otras palabras, entre los universitarios que mañana serán la fuerza económica de este país, existe la convicción de que un 2% de la población activa generará trabajo para el 98% restante. Y existe además la actitud de no querer aportar nada, sino que nos lo den todo hecho para poder ganarnos la vida sin muchas complicaciones ni riesgo, aunque con esfuerzo, eso sí. Ni que decir que es insostenible desde todo punto de vista.

Esa idea fue rumiando en mi cabeza y me hizo observar otros aspectos. En las reuniones de comunidad todo el mundo propone modificaciones estatutarias para poder hacer las obras que ellos quieren, sin pensar en las consecuencias que tendrá para los demás vecinos o en las aberraciones que tal “desregulación” puede provocar.

Igualmente, todos aplaudimos quien consigue evadir impuestos u obtener una prejubilación injustificable, pero a la vez exigimos los mejores servicios públicos. O descuidamos el cuidado de menores que no sean nuestros hijos o el auxilio de ancianos que no guarden parentesco con nosotros.

O más flagrante aún, intentamos siempre rebajar el coste de los servicios o el salario de los trabajadores que de nosotros dependen.

En definitiva: hemos perdido la conciencia del colectivo, del barrio, de la comunidad de vecinos, del pueblo… Hemos perdido la conciencia de que para que nos vaya bien a nosotros antes hemos de cuidar de que la situación de los que nos rodean sea buena, de que para que a nosotros nos ayuden, hemos de ayudar.

Hemos pasado a adoptar como buena y válida la mentalidad más egoísta, interesada y cortoplacista posible, aplaudimos el engaño o la habilidad para aprovecharse del sistema, ridiculizamos las actitudes altruistas, despreciamos el trato personal con las personas que nos rodean, aislándonos y convirtiéndonos, cada vez más, en personas más aisladas y solitarias, y por extensión, más individualistas y/o egoístas. Y no consideramos las consecuencias de nuestros actos más allá del presente más inmediato.

Así, hemos descuidado: el conocimiento de los que nos rodean, cosa que nos permitiría ayudarles con cosas que a lo mejor no nos suponen nada; hemos descuidado la supervisión de la educación de los menores cuando no están ni en casa ni en la escuela, posibilitando bandas y auténticas aberraciones; hemos olvidado que los que nos compran y pagan, son los mismos a los que compramos y pagamos y que si les asfixiamos económicamente, nos asfixiaremos nosotros; hemos olvidado que para que podamos estar tranquilos por nuestros mayores, alguien deberá preocuparse no sólo por sus ancianos, sino por los nuestros; y que para que haya trabajo han de existir empresarios y empresas, gente que arriesgue y se sacrifique para generar riquezas, de lo contrario dependeremos de empresas extranjeras para trabajar y esas sí que tienen conciencia de cuales son sus intereses, de donde vienen y donde revertirá el dinero que aquí ganen.

Cuando un promotor construye un edificio, ha ganado dinero, sí, pero ha generado un espacio para que muchas personas vivan, ganándoselo, sí, pero haciendo posible que tengan donde vivir. Igualmente ha generado trabajo para el sector de la construcción, arquitectos y negocios de la zona que han facilitado materiales y comida a dichos trabajadores. Pero más allá, ha generado un espacio donde en el futuro otra persona podrá comenzar con otro negocio como un gimnasio o SPA, que dará trabajo a algunas familias (que a su vez demandarán servicios que requerirán más trabajo) y que permitirá a la gente de la zona mejorar su salud y disfrutar, pagándolo, de unas instalaciones que antes no existían.

Por el contrario, cuando demonizamos al empresario, conseguimos un paro que está haciendo que le regalemos a países como Alemania trabajadores muy cualificados, cuya formación nos ha costado a todos dinero y recursos, desarraigando familias y facilitando la desestructuración de las familias, colectivo indispensable en nuestra sociedad.

Cuando en las comunidades de propietarios se exprime a las empresas proveedoras, provocamos el consiguiente ajuste de salarios y plantilla. Una plantilla formada por personas que a su vez viven en otras comunidades y que verán como han de reajustar sus presupuestos apretando más a sus proveedores, entrando en un bucle infinito de contracción y destrucción de lo conseguido hasta ahora.

El avance es una rueda que sólo gira si todos somos conscientes de cual es nuestro papel en ella. Todos podemos hacer la vida de los demás más sencilla y entonces la nuestra nos la harán más sencilla. La rueda, ese ciclo de avance necesario y deseado, sin embargo, se rompe con que uno sólo de los que recibe deje de dar y los demás lo toleremos y aceptemos como válido.

No hay futuro para esa mentalidad, los altruistas y trabajadores no podemos ser cobardes o conformistas, no podemos ser cómplices de quienes se aprovechan del sistema sin la menor intención de hacer por sostener este estado de avance y bienestar.

domingo, 8 de enero de 2012

Un domingo cualquiera


Este ocioso y festivo día suele comenzar como todos, inmerso en una nebulosa somnolienta que nos impide abrir los ojos con facilidad y nos permite avanzar en el bello arte de la auto-negociación, esa capacidad innata para convencer a nuestro cuerpo de que la mejor opción con la que cuenta es permanecer entre las cálidas sábanas que nos arropan cual vestido a medida.

Sin embargo, hubo una época de mi vida, en la cual estos días comenzaban con algo más, un mensaje, un simple gesto repleto de cariño y generosidad.

Buenos días, ¿venís a comer?

Sencillo pero contundente. Directo a la vez que sutil. Una oferta sin igual, realizada desde la humildad de quien ignora lo preciado de su oferta: un bien indescriptible, impagable e incomparable a todos los efectos (priceless que dirían algunos).

Pues bien, ese simple mensaje marcaba el inicio de una nueva semana, así como el final de la anterior, representaba un punto de inflexión marcado por los múltiples tesoros culinarios aderezados con una pizca de cultura, un buen puñado de risas y una jartá de cariño.

Un rincón familiar, alejado del nido. Un regalo del destino que recuerda lo importante de estar rodeados de aquellos seres queridos que nos alegran cada día. En muchos casos, como es este, miembros de una familia no sanguínea, sino creada mediante lazos más íntimos y complejos. Un parentesco fruto de la convivencia, más que una convivencia forzada por el parentesco. Una relación diferente pero no por ello menos consolidada.

Prueba de ello es que me encuentre hoy aquí, dispuesto a homenajear aquellos maravillosos domingos, ocultos tras un velo de cotidianeidad y aparente normalidad. Días que enseñan a valorar a esas pocas personas capaces de dar sin pedir nada a cambio, ofrecer pese a no tener por qué hacerlo. Personas dispuestas a abrirte las puertas de su casa para no volver a cerrarlas nunca.

Sin duda, me siento un verdadero privilegiado de haber podido formar parte de tan divertidas reuniones, en las cuales la juventud y la experiencia se mezclaban en un cocktail de humor y buena comida. Conversaciones sinceras, interesantes e ingeniosas.

¿Por qué recordar esto ahora? Por nada en especial, de hecho no es hoy, sino hoy también. La única diferencia, es que hoy he decidido que era un buen momento para expresar mi gratitud a través del repiqueteo de teclas que transfiere mis sentimientos más íntimos y personales hacia todos aquellos que deseen compartirlos conmigo. Pero, sin duda, se trata de un reconocimiento más que merecido a una época pasada pero infinita, inmortal. Todos los que algún día pudimos sentirnos participes de esta inolvidable experiencia sabemos que no podrá volver a repetirse, nos falta el astro sobre el cual orbitar, la clave de aquel edificio llamado hogar. Afortunadamente, cada recuerdo se tiñe del brillo de las sonrisas con que se iluminaban aquellas reuniones entre amigos, aquellas comidas en familia.

Hace algunos años, por estas fechas, hubiésemos emprendido nuestro tradicional viaje en busca del obsequio navideño con que adornar la estancia y agradecer a la anfitriona su hospitalidad. El trayecto por el cual encontrar la tradicional Flor de Pascua (“Pascuero” para los amigos), esa bella planta que lográbamos desprestigiar año tras año, con cada nuevo regalo, encontrando siempre el ejemplar menos agraciado.

Este año, no hemos recurrido a tal obsequio, que hace años dejó de tener sentido para mí. Sin embargo, me gustaría recuperar tal espíritu a través de esta nueva modalidad de presente, menos ornamental pero confío que más duradera.

Es por ello, que me siento hoy para decir:

¡LO SIENTO!

Siento no haber podido estar allí el último día, siento no haberte despedido como merecías, siento no haber abrazado a los tuyos como míos que son. Pero lo más importante, siento no haber podido dedicarte por ultima vez, una de las múltiples sonrisas que aún te debo. Pues esta es la única tristeza que puedo asociar a tu imagen, y desde luego no tiene nada que ver contigo, sino con ese cúmulo de circunstancias que me alejaron de aquel importante instante.

Pero no es este el mensaje con que me gustaría empezar este día, sino con uno bastante más parecido al que precedió cada celebración familiar:

¡GRACIAS!

Gracias por todo esto y mucho más, todo aquello que mi torpeza y falta de riqueza verbal me impiden expresar en palabras. Gracias por invitarnos a tu casa y dejarnos aportar nuestro pequeño granito de arena a la felicidad que inundaba cada almuerzo.

Si sirve de algo, decir que hay detalles que no se olvidan, y por más domingos que puedan pasar, no me cansaré de recordar, desde el más profundo agradecimiento y admiración, cada uno de esos domingos, cualquiera de ellos.





Unos vienen, otros se van


Un año más nos encontramos ante la incertidumbre derivada del cambio de almanaque, ese acto aparentemente ridículo y casi anecdótico, que, sin embargo, nos incita a un análisis melancólico de lo ya pasado, un ejercicio mental de autocrítica y el consiguiente listado de propósitos de enmienda. No obstante, analizado fríamente es sólo un día más, en el cual los medios de comunicación se empeñan en recordarnos lo ocurrido en los 365 días anteriores y llenarnos la cabeza de expectativas y nuevos deseos.

No cabe duda que es importante que nos ayuden a este reseteo anual, contribuyendo al cierre de un ciclo para dar lugar a uno nuevo.

Pues bien, en mi caso, este año supone una vez más la confirmación de que la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esta máxima de la naturaleza se ve reflejada en cada nuevo dato demográfico y supone la demostración empírica de que lo realmente importante es aquello que afecta directamente a esta evolución energética. El resto de cosas son simples distracciones que nos ayudan a amenizar este tránsito.

Es por ello, que cada nuevo acontecimiento vital ha contribuido a mi aprendizaje, enseñándome que no debemos preocuparnos más que por lo que realmente importa. En este sentido, el pasado año lo recordaré por el descubrimiento personal sobre la energía. Entender que cuando notes que tu energía se está destruyendo, alejándose atraída por el abandono de la ilusión, sólo nos queda redirigir esa energía hacia un nuevo objetivo; es decir, transformarla para que continúe ahí. Sólo el ser humano es capaz de destruir la energía, ya sea propia o ajena, a base de minar el ánimo y la ilusión, fomentando la entropía hasta alcanzar cotas insospechadas.

En estos casos, invito a todos a recapacitar y reencontrarse con sus sueños e ideales, localizar el problema que no nos permite ver la energía, y encontrar un nuevo enfoque desde el cual poder verla mejor, pues ya sabemos que siempre está. Solo es cuestión de saber hacia donde mirar.

Sin embargo no todo es bonito, en lo que a la energía se refiere. El propio proceso de transformación supone una rotación de la energía entre los diferentes seres vivos que pueblan la Tierra. Ello significa que debemos asumir despedidas, del mismo modo que celebramos las nuevas incorporaciones. Una vez más, la naturaleza es implacable, de nosotros depende ser capaces de objetivizar dicha máxima para valorar a aquellos que se van por lo que nos pudieron aportar, aquello que no olvidaremos, y por contribuir en su ciclo vital a la llegada de otros repletos de ilusión y energía. Con ello, aprovechar los ejemplos positivos para asumir mejor los negativos, y despedir con una sonrisa tan triste como orgullosa a nuestros, por siempre, seres queridos.

Por tanto, dicho esto, lo más importante de este año que se va, es que lo hace tal y como empezó, repleto de ilusión y esperanza por los nuevos proyectos de vida en los que nos vemos sumidos, y por los cuales, sin duda, deberemos luchar a lo largo de este nuevo año y los que estén por llegar. Poder decir esto en los momentos que corren, ya es motivo más que suficiente para afrontar este 2012 con una enorme sonrisa, dispuesto a participar de este flujo energético en que nos encontramos bajo un filtro de ánimo y optimismo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La ola de la marmota


Aquellos aficionados al cine que hayáis podido disfrutar de películas como “La Ola” o “El día de la marmota” podréis intuir el trasfondo de este post, sin embargo, empezaré desde cero, aquello que muchas veces entiendo como la única solución a muchos de los problemas en los que nos vemos sumidos hoy día.

“La Ola” (Die Welle, en su alemán original) es una crítica feroz y astuta hacia la sociedad en la que vivimos, en mi opinión, una muestra sublime de la hipocresía que nos rodea hoy día. Ambientada en la Alemania actual, más allá de la guerra fría y la reunificación, se centra en un experimento realizado por un profesor de instituto con sus alumnos, durante una semana cultural. El tema de dicho proyecto semanal es la autocracia, la cual redunda sobre la dictadura nazi alemana, y las consecuencias que derivaron de tal sistema de gobierno, el cual aún castiga a esta nación a través de la humillación pública a la que se ven sometidos con cada nueva obra cinematográfica preocupada por enseñar al mundo la maldad que, sin duda, encerró tal etapa de su historia. Lo más destacable y plausible de esta situación, es que los alemanes, lejos de negar su pasado o huir de su historia, no dudan en erigir grandes monumentos al recuerdo de estas penurias para garantizar que el pueblo no olvide tal barbarie.

Pues bien, en dicho contexto social, se plantea una de las preguntas más recurrentes en cada uno de los múltiples debates sobre la dictadura que, con toda seguridad, transcurren cada día a lo largo del mundo: ¿Hasta qué punto podría volver a ocurrirnos lo mismo? Sin duda, la respuesta más empleada es: ¡pues claro que no!

Y en este momento es cuando aprovecho para introduciros la segunda protagonista de este post, “El día de la marmota” (Groundhog Day, en su inglés original, aunque Atrapado en el tiempo, en su traducción al español). En esta película americana se nos muestra una curiosa casualidad donde el tiempo parece detenerse y resetearse al final de cada día para volver a vivir una y otra vez el citado día de la marmota, tan tradicional en algunos lugares de Norte América.

En ella, el protagonista se esfuerza en revivir las diferentes situaciones que le rodean en dicho día para intentar lograr que la experiencia adquirida le facilite la consecución de sus objetivos.

Puede que resulte extremadamente fantasiosa e irreal, pero no creo que diste tanto como podría parecer de nuestro día a día, eso sí, quizá lo más alejado de la realidad sea el hecho de que el protagonista utiliza sus conocimientos previos para recapacitar acerca de lo ocurrido e intentar hacerlo mejor la próxima vez. ¡Y encima por una buena causa! Que osadía del autor. Pero bueno, es cine, se supone que están ahí para crear.

¿Por qué os cuento todo esto? Supongo que la mayoría habréis encontrado ya multitud de ejemplos en los cuales os hayáis sentido reviviendo una experiencia pasada o criticando errores ajenos que no hacen sino redundar en tropiezos previos.

En mi caso, me ocurre más a menudo de lo que desearía. Últimamente, de hecho, me preocupa la cantidad de veces en las que me asomo por la ventana de mi micro mundo cotidiano para observar horrorizado con que impunidad se cometen errores aparentemente superados y la opacidad reinante en los medios de comunicación, el consentimiento innegable de la mayoría. ¿Qué está ocurriendo?

Se suponía que actos como el Apartheid o la dictadura Nazi, eran fracasos sociales del pasado que nos habían ayudado a mejorar. Sin embargo, cada vez que leo alguna noticia sobre la Franja de Gaza, la situación en Israel... me sorprendo ante un lamentable deja vu, que preferiría fuese algo reservado exclusivamente al cine. Pero no, desgraciadamente no. Es real, y además está suponiendo la muerte de multitud de personas, el sufrimiento de otros tantos y la humillación de todos. Todo ello sin olvidar la frustración de unos pocos que nos indignamos al ver la injusticia con que se afronta una situación tan compleja. La hipocresía con la que se recurre a medidas ya inventadas, ¿o soy el único que ve la Franja de Gaza como la zona de la muerte del Muro de Berlín? Ese espacio intersticial entre muros y definido como zona fronteriza prohibida, en la cual la osadía se paga con la vida.

Pero no es el único caso de zonas fronterizas que rondan los límites de la legalidad, no creo que nos cueste demasiado encontrar más ejemplos.

Con esto, me gustaría hacer recapacitar un poco a la gente acerca de las injusticias que nos rodean y que no deberíamos permitir que transcurran entre la pasividad y la indiferencia social. Quizá el método sea el de plagar de títulos cinematográficos populistas las diferentes carteleras del mundo para que así se conviertan en vox populi, y se rechace lo erróneo de estas iniciativas.

Quizá debamos aprender algo de las revueltas acaecidas a lo largo del mundo árabe, en las cuales más allá de los métodos empleados y la innecesaria violencia, se ha logrado que una sociedad se revele ante la injusticia con el fin de mejorar su situación y la de sus iguales. Un ejemplo de cómo actuar juntos por una buena causa, para permitir que la sociedad viva en un ambiente de paz y felicidad.

jueves, 8 de diciembre de 2011

De profesor a maestro


Este post, es un sincero homenaje a aquellos pocos maestros, que afortunadamente se cruzan en nuestras vidas para, en muchos casos, aclarar con gran sencillez aspectos que infinidad de profesores se habían esforzado en explicar previamente.

Sí, porque maestro, solo es aquel capaz de ser definido con todas las letras, de la M a la O. Son pocos los que tras años de experiencia logran completar su nombre, como el vencedor del juego del ahorcado. Así como en este conocido entretenimiento tradicional, el titulo académico solo te habilita a obtener la letra inicial, como base del futuro desarrollo, primera piedra del proyecto vital. Es, sin embargo, el implicado, quien a base de ensayo-error, mediante complejas estrategias sistemáticas o mediante ayuda externa, logra desvelar una a una las incógnitas escondidas tras cada letra. Y así, como nos enseñaron hace años, sólo aquellos capaces de descubrir hasta la última letra, serán quienes, como vencedores, gozarán del reconocimiento y admiración necesarios para permanecer presentes generación tras generación como fuentes de inspiración y objetos de estudio entre sus iguales.

El resto, simplemente podrán ser recordados por hechos puntuales acaecidos durante la consecución fallida de su búsqueda profesional. Esta es la metodología que perfila al maestro, al arquitecto, ingeniero, notario, médico (sexismos aparte) durante sus respectivas etapas activas.

Pese a ello, hay una profesión encargada de dar sentido a todas las demás. Una profesión sin la cual, el resto serían una simple utopía teórica. Es por ello, que en este caso, decido centrarme en el mundo de la educación, elemento primordial en la vida de todo ser humano, y por tanto piedra angular del desarrollo de un país. Sin embargo, tendemos equivocadamente a entender la educación como un trámite más en la vida de nuestros pequeños, incluso como una obligación cara y molesta.

Pues bien, todo país necesita de una sociedad educada, sea cual sea el tipo de educación recibida. No todos deben saber sobre matemáticas o literatura, sino que deben entender las bases que las motivan y centrarse en encontrar sus inquietudes. Para ello se realiza una enseñanza básica en la cual instruirlos en diversas materias y fomentar su interés por alguna de ellas. Ello no significa que debamos señalar al mal estudiante, sino centrarnos en encontrar su motivación. Un niño suspenso siempre es el resultado de una mala educación. Y digo mala, en el sentido de errónea.

Si un niño es mal estudiante, en mi opinión, es porque tiene otras virtudes que le hacen destacar. Lo importante es encontrar esa otra materia en la cual es bueno y potenciarla. Aunque ello signifique abandonar el camino tradicional de los estudios universitarios. Existen muchas otras profesiones en las cuales se puede destacar e, incluso, encontrar la felicidad. Además, no nos olvidemos, todas las profesiones son igual de importantes, por más que nos empeñemos en desprestigiar determinados gremios ancestrales. Un país funciona como una compleja máquina en la cual cada engranaje debe funcionar por sí mismo para lograr el funcionamiento global. El simple fallo de una pieza, boicotea al resto. No cabe duda que este mecanismo dispone de piezas más grandes y más pequeñas, más sofisticadas y menos. Pero todas son imprescindibles, la ausencia de una de ellas supondría el colapso del conjunto.

Esta máxima aparentemente obvia, ha sido relegada ante una inminente tendencia generacional hacia la educación universitaria. El motivo: evidentemente una sociedad frustrada en los estudios ante la imposibilidad de acceder a tal lujo. Generaciones absortas ante los pocos afortunados que lograron ser instruidos en las universidades, convirtiéndose en los auténticos héroes de pueblo, merecidas eminencias.

Este hecho, lamentable pero real, está motivando una nueva injusticia tan penosa y real como aquel. Hoy día, nos encontramos ante una sociedad repleta de licenciados o, en su defecto, malos estudiantes frustrados y señalados por no corresponder los deseos de sus padres, quienes con la mejor de sus intenciones y en un acto sumamente egoísta (no por ello negativo), decidieron asociar sus recuerdos infantiles a los de su hijo, imponiendo la formación universitaria como único modelo de éxito a tener en cuenta. Todo lo que no fuese obtener una titulación, era sinónimo de fracaso. Aquel que no quería estudiar, un desagradecido incapaz de valorar la magnitud del regalo que estaba recibiendo.

Pues bien, confío que no se repita este efecto boomerang, dado que las licenciaturas se están desprestigiando ante tanta marabunta de candidatos, los master son comunes, e incluso el doctorado se convierte en algo casi frecuente. Posiblemente se volverán a poner en valor otras profesiones no tan admiradas hoy día, en busca de un equilibrio que nuestro sistema pendular impide alcanzar.

Sin embargo, lo único que se ha mantenido constante en dicho bucle, es el eje del péndulo, el soporte de toda fluctuación, la figura del maestro. Ese ente vocacional que decide dedicar su vida a transmitir sus vivencias y conocimientos a nuevas generaciones con la humildad suficiente como para desear que sean sus alumnos quienes superen sus propios logros y le sucedan en tan plausible tarea. Seres capaces de abstraerse del orgullo y la envidia humana, centrados exclusivamente en encontrar lo mejor de cada uno, potenciarlo y animarlo a profundizar en ello para posteriormente transmitirlo a los siguientes. Esa actitud, es la encargada de permitir las sinergias de una sociedad, las sinergias de un país.


A todos ellos, GRACIAS.

Sin duda, necesitamos más maestros y menos profesores. Más interesados en mejorar y hacer mejores a sus iguales, que competidores dispuestos a hundir a los que les rodean para así destacar ellos mismos.


lunes, 21 de noviembre de 2011

La disociación

La disociación, la clave de la mayor parte de los problemas.

El dinero no es más que un pagaré emitido por un banco. Para evitar robos los comerciantes empezaron a emitir cartas de compromiso de pagos futuros (pagarés) respaldados por su patrimonio y solvencia, evitando así cargar en el mercado con cantidades importantes de oro (valor referencia entonces). Con el tiempo los bancos asumieron dicha función y en Europa posteriormente los estados a través de los Bancos Centrales. Hoy ya no existe tal garantía o respaldo en oro. El dinero se sujeta a las leyes de mercado, vale lo que la ley de oferta (del banco central que lo emite) y la demanda (los demás bancos demandan) marca.

Por otro lado, las sociedades mercantiles, son personas jurídicas. Una persona jurídica no es más que una ficción, por la cual la asociación de un numero de personas físicas (reales) que comparten un legítimo ánimo de lucro, pasa a tener la consideración de persona independiente de sus integrantes, con capacidad para obligarse y para ser titular de derechos.

Se crearon para que el emprendedor pudiese emprender sin que le coartase el miedo a perder lo que hasta ese momento había consolidado, limitando el riesgo que asumía a la inicial aportación a la sociedad, eso sí, a cambio de las correspondientes acciones o participaciones. Y eso está bien, pues son bases y normas del juego que conocemos antes de operar con una sociedad, cuya solvencia viene determinada por la cifra del capital social, que es un dato público.

Pues bien, explicado lo anterior, hay que decir que el problema viene cuando hemos interiorizado tanto ambas ficciones que se nos olvida que el dinero no es más que un medio de pago y que al final son las personas integrantes las que forman las sociedades, las que deciden y las que en el fondo son responsables de las consecuencias, aceptando que el dinero genere dinero sin producir nada en realidad y perdonándoles a las personas que dirigen esas entidades no sólo la responsabilidad patrimonial, sino también su responsabilidad moral, porque acabamos culpando al ente ficticio del mal y no a las personas que tomaron las decisiones.

Cuando se habla de los mercados financieros se nos olvida que en realidad los mercados son en realidad un relativamente reducido número de personas, que fundaron o son propietarios de un número algo más amplio de sociedades que a su vez tienen un gran número de filiales (bancos y hedge founds), que siguiendo sus directrices especulan con lo que algunos diligentemente producen.

La mayoría de hedge found, tienen entre su accionariado a múltiples entidades financieras, de las que son socias o partícipes a su vez diversas sociedades o entidades cuyo único titular final son un determinado grupo reducido de personas que se escudan en esos entramados societarios, que hacen suyo el  beneficio de especular y que luego socializan las pérdidas. Tan pocos son que, de hecho, cuando el Congreso de los EEUU quiso ponerle cascabel al gato, cito a declarar a tan sólo cinco gestores de los hedge founds más grandes y millonarios (http://es.wikipedia.org/wiki/Fondo_de_inversi%C3%B3n_libre)

Cuando un directivo de una entidad sale en los medios de comunicación, opinando sobre lo que habría que hacer o no y sembrando dudas sobre una empresa o estado, suele prestársele atención en base a sus méritos personales y su capacitación profesional, como si opinase objetivamente, como si fuese ajeno a todo, pero se nos olvida que tiene un interés directo a través de las entidades para las que trabaja, que no son más que una careta para su propia persona. Si ha ordenado a sus entidades apostar contra un estado y siembra dudas sobre dicho estado, está mirando por sus intereses, algo que ya se hace con total impunidad, pero que no deberíamos permitir.

¿Tiene lógica que el zorro diseñe la valla que protege el rebaño?

Por el mismo motivo cuando se habla de que una entidad ha repartido bonus o ha incrementado el salario de los directivos, bajo la justificación de que hay que evitar fugas de talento, no nos chirría. Ni siquiera en épocas como la actual, en las que los bancos están teniendo pérdidas. Pérdidas que son consecuencia de créditos otorgados incumpliendo directrices elementales a quienes luego han cuidado de esa persona o directivo que le consiguió el apoyo financiero.

Nuestro cerebro no alcanza a  sustituir el nombre de la entidad por el de los propios directivos que, en realidad, se han repartido el beneficio de la entidad, bajo la excusa de evitarse a sí mismos la tentación de marcharse (¿?¿?¿?) y en agradecimiento por la  gestión que hacen, que en realidad ha sido realizada en perjuicio de sus accionistas y de la propia entidad, mirando por su privado beneficio y causando pérdidas millonarias.

Nuestro cerebro no alcanza a entender que el banco cuando le dio un crédito “kamikaze” a un empresario o empresa con escasa probabilidad de éxito, en realidad lo que ocurría era que una determinada persona real, con intereses propios, abusando de su posición, estaba comprando futuros favores.

Así se explica que personas que eran directivos de Goldman Sachs y otras entidades que provocaron esta gran crisis, a través de la creación de “productos financieros basura”, sean ahora nombrados como “salvapatrias” sin que a nadie le dé un ataque de ira.

Porque no se entiende como alguien que era directivo de una entidad que realizó abusos hasta hundirse, forzando la intervención del estado (http://www.cnnexpansion.com/negocios/2009/07/22/goldman-sachs-se-libera-de-rescate), que invirtió impuestos públicos en evitar la debacle del sistema, puede ahora ser designado como presidente de un país, para salvarle de una situación por él y sus compañeros.

Un ejemplo:


Internacional – 17 de noviembre de 2011:

<<El banco más rentable de la historia de Wall Street, Goldman Sachs, ha explicado en un informe dedicado a la situación italiana que si finalmente el país designa un Gobierno de tecnócratas con un líder que goce "de personalidad externa y capaz" para gestionar la crisis, la especulación creada en torno al país mediterráneo descendería a gran velocidad. Uno de los nombres que se barajan para el puesto es Mario Monti, que precisamente trabajó para la entidad estadounidense como asesor internacional.>>

Eso es lo que en el resto del mundo se conoce como chantaje. Se lo traduciré: “Hasta que no pongas a mi amigo y persona de confianza, el Sr. Monti, a dirigir Italia para que pueda tomar las decisiones que me interesan, no voy a dejar de especular contigo y de ganar dinero a tu costa.”

Me considero a favor del gobierno de los tecnócratas, pero siempre que sean tecnócratas elegidos por sus méritos de forma democrática.

No me puedo contentar ni tolerar con el gobierno de los tecnócratas impuestos por sus desméritos y en base al más burdo de los chantajes, por quienes han provocado la ruina de muchas empresas y familias, en lo que es un GOLPE DE ESTADO. Me niego a que las personas reales, que han causado esta debacle económica, que a posteriori se han hecho de oro con cargo a las recapitalizaciones de los estados (a entidades que recordemos les pagan a ellos sueldos millonarios) me impongan ahora quien me representa.


jueves, 17 de noviembre de 2011

Entre héroes y avatares


Avatar se define como un cambio o vicisitud, sin embargo, en el hinduismo se refiere a un representante divino enviado por los dioses. Pues bien, ninguna de estas opciones es la que motiva este escrito. Me dirijo a vosotros a raíz de la película Avatar, para introducirme en el arte del celuloide y escrutar los auténticos entresijos del cine.

Avatar, como decía, más allá de la superproducción, de los efectos especiales, y la interminable imaginación que describe y configura cada fotograma; nos presenta un mundo diferente, una alternativa atractiva y asumible, que esconde una feroz crítica a los valores que imperan en nuestra cotidianeidad. No hablo de los tan usados valores del amor, la amistad y la valentía (ausentes en muchos casos), sino de una filosofía de vida en paz con su contexto, con sus iguales y con aquellos que difieren. Una cultura capaz de valorar aquello de lo que dispone, sin ansiar lo que no posee. Una apología a la felicidad más sencilla y sutil.

Muchos se quedan con el mensaje patriótico y heroico de sus protagonistas, otros ahondan hasta descubrir los sentimientos que los guían, pero lo que realmente es una novedad, es la fuerza adquirida por el perdón.

En películas como El fuego de la venganza, 300, o Un ciudadano ejemplar (en mi opinión, obras de arte) se potencia el odio y la satisfacción que implica la venganza. Pero es en películas como El libro negro, ambientada en la Holanda ocupada por los nazis, donde se desmaquilla la realidad, y se muestra el lado más salvaje de nuestros “héroes”, la cara “B” de la historia. No hay héroes sin villanos, ni villanos sin héroes. Y es ese equilibrio el que fluctúa y se balancea, alternando los papeles según se analice la situación y desde donde sea observado. Esta película lo hace desde dentro, desde el núcleo mismo de ese equilibrio, observando objetivamente el movimiento de la balanza. Esta película muestra el raído tema del odio y del enemigo desde un punto de vista cambiante. Nos revela esa segunda identidad. Curiosamente nos aleja de los conceptos de héroe y villano al mostrarnos sus semejanzas y coincidencias. Nos atrae ambos conceptos a su origen mismo, nos muestra su lado más “humano”.

Sí, esa humana tradición de venganza, esa humana perversión que reacciona de forma newtoniana ante una acción, con otra reacción de igual intensidad pero de sentido contrario. Luchamos contra un objetivo común como víctimas, para convertirnos en su verdugo.

¿Qué nos lleva a olvidar tan pronto los motivos últimos de nuestra rebelión? ¿Cómo podemos devolver tan semejantes atrocidades una vez sufridas? ¿Por qué seremos tan humanos para determinadas cosas, y tan coherentes para otras?

Esta, quizás, es la principal virtud de la película de James Cameron, mostrar una sociedad alternativa capaz de perdonar, dispuesta a disfrutar de su entorno y respetarlo por encima de todo, aceptando sus limitaciones y fomentando una convivencia natural y coherente. El resto, un alarde de técnica y estilo que maquilla con sublime elegancia.

martes, 8 de noviembre de 2011

“Debate electoral”


Seré breve, me resulta vergonzoso no sólo asistir a un espectáculo tan lamentable, sino peor aún, ser parte de ello.

¿Cómo se puede hablar de una nación sin hacer la más mínima referencia a ella? Sí, en todo momento, se ha utilizado a la sociedad para decorar sus discursos electorales, pero ninguno ha tenido la valía necesaria para afrontar una realidad evidente y molesta, la desconexión existente entre políticos y ciudadanos.

La conclusión de ambos candidatos, aún sigo sin entender porque son sólo dos, parece obtenida de un manual descontextualizado y atemporal. Uno nos propone su partido como solución, ante la acumulación infinita de experiencia y aptitudes, qué lastima que no hayan podido ustedes participar cuando han tenido la oportunidad como líderes de la oposición. Eso sí, me anima saber que en sólo un mes han podido alcanzar esta sabiduría. Así es como debería funcionar la educación. No olvidemos tampoco, lo fácil que resulta acabar con el paro desde la silla en la que se sienta. Cuán diferente debe ser la silla que le otorgaron en el Congreso.

El otro nos insta al voto y a confiar en la democracia, ¿pero se ha planteado el por qué no queremos votar? ¿Han reflexionado acerca de la lamentable situación en la que vivimos, donde los representantes no tienen a quien representar? Se lo diré, no creemos en ustedes. Y lo peor es que lejos de preocuparle, nos siguen empleando para añadir una componente social a todas sus iniciativas. Ojalá ese interés social desembocara en una atención a las peticiones y desencantos de esa sociedad, por variar. Efectivamente la indiferencia no ayuda, pero me gustaría que se aplicaran el cuento y afrontaran nuestras inquietudes.

Podría dedicar una noche completa a mostrar mi decepción por este debate, pero prefiero resumirlo en que una vez más, la única nación que he visto reflejada es la que deciden adjuntar a sus discursos populistas y carentes de contenido. Crear trabajo es algo que va más allá, de la simple unión de palabras. Fomentar la igualdad de oportunidades, representa mucho más que añadir los términos social o público a cada ámbito a debatir.

Señores, me limito a decir, que es extremadamente triste tener que irme a la cama con la sensación de que acabo de perder cerca de dos horas de mi vida en escuchar a gente que no dedica ni cinco minutos a escucharme a mí, cuando, lo más importante, son ellos los que se supone que son elegidos para servirme y representarme a mí y no lo contrario. Voy a emplear mejor mi tiempo en intentar formarme como persona para enfrentarme a las múltiples dificultades que ustedes se han empeñado en ofrecerme.

¡Enhorabuena! Han vuelto a superarse, desvirtuar un nuevo concepto, el del debate electoral y democrático. Sigan así, y este país podrá presumir de ser el único carente de principios y valores, gracias a la representación “políticamente correcta” de sus dirigentes.

Un saludo y gracias.

lunes, 31 de octubre de 2011

Homenaje a un grande


Como principiante en esto del escribir, no me avergüenza reconocer mi admiración hacia aquellos que, mucho antes que yo, decidieron explorar este bello arte y permitir al resto de humanos disfrutar de otro de los grandes placeres de esta vida, el leer.

Imagino que cada uno habrá pensado en un autor concreto al enfrentarse al párrafo anterior. Posiblemente, alguno que otro, haya, incluso, coincidido conmigo. Sin embargo, sea quien sea a quien les haya recordado, de lo que estoy seguro es de que no hay mayor homenaje que puedan brindarle. Es por ello, que aprovecho hoy para reconocer los méritos de aquel que me inspiró a escribir, por poco que esto pueda llegar a enorgullecerle.

En mi caso es, Don Arturo Pérez-Reverte, aquel auténtico sinvergüenza maleducado, que lejos de resultar pedante, nos deleita cada semana con su más sincera opinión, le moleste a quien le moleste. Ese es el tipo de escritor al que admiro, ese capaz de decir lo que piensa sin preocuparse más allá. Sí, evidentemente, todos tenemos que comer. Y en este sentido, no hay excepciones. En el trabajo, la prioridad es ganarnos el pan. Por muy rebelde y polémico que uno pueda ser, su límite es siempre bastante claro y evidente, no arruinarlo todo y poner en peligro su bienestar. Pues bien, con Arturo, si se me permite la confianza, he llegado a dudar de dicha máxima. A veces parece no importarle lo más mínimo, todo lo que no sea escribir, y sobre todo, transmitir su verdad.

Evidentemente, no me planteo copiar a un maestro, me vale con aprender lo posible de él y pensar que algún día, alguien escribirá algo así sobre mí. O, quien sabe, quizá el propio homenajeado, me devuelva el detalle. Pero no se asuste, maestro, no le escribo para adularle, dorarle la píldora o mendigar su reconocimiento. Es un homenaje sincero, más a mí mismo que a usted. Como le decía, algún día me gustaría recibir un artículo así sobre mí, de ahí que pensara que para ello, debía ser el primero en hacerlo. Por aquello de dar ejemplo, ¿sabe usted?

La verdad es que ahora entiendo como alguien puede dedicar su vida a esto. La primera vez que me senté frente a mi ordenador, no creo poder decir que me sintiera realmente orgulloso de mí mismo, más bien fue una solución desesperada ante la frustrante situación que me veo obligado a vivir. Una realidad, que lejos de agradarme, me revuelve el estómago cual alimento caducado. Esa sensación que tantos hemos podido sufrir en estos últimos tiempos, que hemos compartido en cada tertulia familiar y cada discusión fortuita. Esa queja derrotada, ausente de fe, sin la más mínima intención de hacer algo al respecto. Sin embargo, un día te levantas más incendiario de la cuenta, y decides que es el día, el día de ponerte el mundo por montera y decir todas las barbaridades que te pasan por la cabeza. Lo más curioso es que tan radical reacción, puede llegar a ser, el principio del cambio, un auténtico punto de inflexión. Este hecho aparentemente lleno de ira y frustración, es más bien el primer paso hacia una crítica constructiva, una esperanza de cambio, una ilusión por mejorar. Si todos dijéramos lo que pensamos abiertamente, desde el respeto, probablemente nos sería más fácil detectar lo que no nos gusta y lo que realmente queremos. Pero claro, nos frena la desidia y la comodidad que nos ofrece el permanecer impasibles ante la injusticia, el placer de mirar hacia otro lado.

Por eso les digo: necesitamos más impresentables como yo, atrevidos como Pérez-Reverte, dispuestos a mostrar su verdad, por desgraciada o macarra que pueda parecer. Pues, en el peor de los casos, sabremos con quien no compartimos nuestra manera de pensar, lo cual supone un gran avance hacia el descubrimiento de nuestra verdadera opinión, aquella con la que estamos completamente de acuerdo, y por la que estaremos dispuestos a luchar.

Permítame que emplee una de sus últimas historias para resumir este artículo: me planto frente a usted, como lo haría Canelo en mitad del campo de batalla, para mirarle desafiante desde el lado opuesto de la contienda, sabedor de mi inferioridad, y pese a ello, invitarle a participar de esta iniciativa cultural que nos empeñamos en defender con uñas y dientes, pese a, quizá, lo descabellado de la idea. Queremos promocionar la cultura, pero no la cultura comercial, sino la cultura real, natural, aquella libre de colorantes y conservantes, recién sacada de nuestras cabezas para motivar a aquellos pocos que decidan seguirnos, a activar su industria de opiniones y deleitarnos con sus posibles locuras. Opiniones anónimas regaladas al colectivo, ausentes de todo rastro de individualidad codiciosa. Se trata de ofrecer un papel en blanco para aquellos que tengan algo que decir, o un papel repleto de ideas para aquellos que se molesten en aprender. Es por ello que le invito, más bien le reto, a olvidar su ajetreado día a día para dedicar unos segundos a este proyecto y recoger el guante.

A aquellos que aún sigan leyendo, decirles que no hay nada de malo en reconocer o agradecer una determinada ayuda, por involuntaria que pueda ser. No creo que nadie se atreva a negar, que son estos pequeños detalles los que nos invitan a seguir. Por mi parte, cada comentario, crítica, lector satisfecho, o seguidor incondicional, es lo que me anima a continuar intentándolo, a perseverar.

Un saludo y gracias.

viernes, 21 de octubre de 2011

Hacer justicia no es ajusticiar desde la injusticia

A mí esto me suena a algo así como la antiviolencia violenta, en definitiva, un ejemplo más de la hipocresía encerrada tras el doble rasero que comanda esta sociedad.

Injusticia: Acción contraria a la justicia / Falta de justicia.

Justicia: Una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece / Derecho, razón, equidad.

Ajusticiar: Dar muerte al reo condenado a ella / Condenar a alguna pena.
Tomarse la justicia por su mano: Aplicar por su cuenta una medida o castigo que cree merecidos.
Definiciones obtenidas de la Real Academia Española.

Todos hemos sido testigos de los últimos acontecimientos acaecidos en torno a las revueltas del mundo árabe. Sin duda, hemos presenciado la revolución mediática asociada a tales movilizaciones sociales. Y lo más importante, hemos participado de la euforia y alegría desmesurada que ha conllevado la muerte de determinados dirigentes, considerados, a todos los efectos, enemigos públicos.

Pues bien, lejos de entrar a valorar la actitud de estos dirigentes, me gustaría plantear una cuestión que me corroe desde hace ya tiempo. ¿De verdad, pensamos que somos mejores que el resto, capaces de juzgar a los demás según nuestras propias creencias, y, además, contradecir nuestros principios para convertirnos en sus iguales? La sociedad debería meditar acerca de estos hechos, objetivizar en lo posible lo ocurrido, y analizar los pros y los contras de esta “nueva” manera de entender la justicia.

¿Cómo puedo juzgar a alguien por las atrocidades que ha cometido, si mi respuesta es la venganza más cruel, acabando con la vida de varias personas para justificar la matanza de un enemigo al que, lejos de someter a la justicia, asesino y humillo públicamente ante la pasividad y, peor aún, la felicidad de los principales dirigentes de este mundo “civilizado”? ¿Qué ejemplo estamos dando? Tal y como yo lo veo, esto es un mensaje de violencia que invita, peligrosamente, a insensatos a maquillar sus asesinatos bajo la protección de la pseudo-justicia que ellos mismos han decretado.

Desde aquí, no se pretende defender las barbaridades que determinados dirigentes han llegado a cometer, sino denunciar las atrocidades que han acabado con ellos y que otros dirigentes, aparentemente más sensatos, no sólo defienden sino que osan a celebrar.

Frases como, es un gran paso para la democracia, me recuerdan inevitablemente a otras manifestaciones recientes, pero radicalmente opuestas. Con motivo del cese definitivo de las armas anunciado en nuestro país, se han leído y escuchado mensajes de optimismo basados en una idea: es el triunfo de la democracia. Sí, pero, ¿cuál de ellas? Cada día entiendo menos lo que esto significa. Esta bipolaridad del término democracia, nos desvela que los dirigentes la conciben como un comodín con connotaciones positivas que puede ser utilizado como fondo de fotografía o como parapeto ante determinadas acciones.

Para mí, la democracia no es algo que se gane o se pierda, sino algo en lo que se cree. Por tanto, como creyente en la democracia más real, me declaro contrario a que se utilice su nombre para amparar un asesinato, sea cual sea su víctima. Una vez más, el fin no justifica los medios. Quiero mantener mis manos limpias y así poder permitirme denunciar a aquellos que no pueden decir lo mismo. De no ser así, ¿quien marcará los límites entre lo que es justo y lo que no? ¿En base a qué criterios se intervendrá en un país para forzar un cambio que beneficie a la sociedad?

Pese a lo que pueda parecer, para mí hoy no es un día de celebración en el mundo árabe, al menos no de una felicidad completa. Creo que es en nuestro país donde podemos sentirnos realmente agradecidos. Sin olvidar lo inquietante que resulta observar dos noticias tan dispares desde el mismo punto de vista. Y lo que es peor, la inseguridad que me genera descubrir que aquellos que deberían imponer la justicia, son los primeros en olvidarse de ella.

miércoles, 19 de octubre de 2011

La unión hace la fuerza

Más allá del "típico" tópico que se esconde tras esta lapidaria frase, encontramos todo un mensaje de contemporaneidad y concienciación social, dignos de mención.

¿Quién no se ha descubierto alguna vez, en pleno momento de éxtasis y euforia ante un inmenso logro, buscando perplejo una mirada amiga con la que compartir tan indescriptible alegría? ¿Cuántos, ante la búsqueda fallida de compañero de viaje, hemos simplemente ahogado esa explosión de júbilo? Y lo que es peor, todos hemos recreado tan memorable momento de nuestra vida, en infinidad de ocasiones, sólo para conocer la reacción de nuestros interlocutores y permitir con ello revivir tales sensaciones.

Tan humana reacción, debe de estar tatuada en el lomo de nuestras cadenas de ADN. Es por ello que trasladamos esta conducta a todos los ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo, el mundo laboral, no es ajeno a esta tendencia, beneficiándose mediante conceptos como la industrialización, globalización, sinergias o empresas multinacionales.

Determinados sectores fueron más precoces a la hora de asumir estas ideas y embarcarse en lo que muchos llaman desarrollo o evolución. En el mundo de la medicina, la economía o la tecnología, llevan años trabajando en equipos que buscan un bien común. Cada individuo aporta sus virtudes con el fin de alcanzar un resultado global positivo que repercuta en beneficio de todo el grupo.

Otras profesiones y gremios, tradicionalmente más independientes e individualizados, han acabado sucumbiendo ante la inminente aparición de un sistema global. Abogados, ingenieros o electricistas, ven cómo sus equipos se llenan de integrantes de la misma capacitación, en un sistema jerarquizado pero multidisciplinar y numeroso.

Sin embargo, una vez más, la arquitectura parece encontrarse anclada a los cimientos de la profesión, congelada en un pasado idílico y obsoleto que nunca más podrá volver a repetirse. Porque, señores, esa es la principal variante integrada por esta desconcertante crisis. Las reglas del juego han cambiado. La figura del arquitecto solitario, propietario de un estudio personal, está presenciando el ocaso de una vida.

Mientras, años o, incluso, siglos atrás, eran los arquitectos con nombres y apellidos quienes marcaban las pautas a seguir en esta profesión, hoy día son los estudios colectivos o asociaciones de estudios menores los que lideran el panorama internacional. Arquitectos como Le Corbusier, Álvaro Siza o Frank Gehry, se diluyen ante nuevos macroestudios liderados por más de un representante. Entre ellos destacan parejas ilustres como Herzog and De Meuron, o equipos como MVRDV. A nivel nacional, esta transición sigue la estela de sus referentes más allá de nuestras fronteras: Sáez de Oíza, Coderch o Moneo, han dado lugar a equipos como Cruz y Ortiz, Mansilla y Tuñón o EDDEA.

Este cambio generacional y conceptual es aún difuso, pero cada día somos más los que afirmamos que el sistema, tal como lo conocíamos, ha desaparecido. Ya no hay, ni habrá, la cantidad de dinero que hubo, tanta como para permitir infinidad de individuos capaces de enriquecerse. Esto unido a la producción incesante de nuevos profesionales, ha dado lugar a un cambio en el modelo de negocio.

Términos como la especulación deben ser olvidados, y la nueva arquitectura ser entendida como un servicio a los ciudadanos, no como un trampolín hacia la riqueza.

Por tanto, nuevo escenario y nuevos protagonistas. Empresas cada vez más amplias y especializadas, dispuestas a colaborar con sus iguales y concienciadas en cuanto al coste y al valor de sus acciones.

La sociedad se une para reclamar sus derechos y los profesionales se asocian para ampliar su abanico de posibilidades.

Ya sólo falta que los países, administraciones y políticos se unan a tan bella iniciativa.


lunes, 17 de octubre de 2011

La vida en 10 km


El deporte es vida, o, al menos, eso dicen. Supongo que no todos estaréis de acuerdo con esta afirmación, de hecho yo tengo mis dudas, más aún después de verme inmerso en una carrera popular y tras cinco kilómetros de agónica travesía, descubrir perplejo tan jocosa cita impresa en multitud de camisetas de mis sufridos “rivales”.

De lo que no tengo ninguna duda, es de que estas carreras son deporte, lo cual me lleva a plantearme: si el deporte es vida, y las carreras son deporte... ¿son, por tanto estas carreras, vida?

Pues mi respuesta es que no, definitivamente no. Ahora que he formado parte en una de ellas, puedo decirlo: no veo la más mínima similitud o indicio que pudiera sustentar este penoso razonamiento.

Al fin y al cabo, una carrera empieza con una mezcla de sensaciones enfrentadas, rodeado de una gran multitud inexplicablemente eufórica y con la duda acerca de en qué momento decidiste adentrarte en ese mundo, con lo bien que estabas antes, tan plácidamente acostado en la seguridad de tu hogar.

En ese momento, una voz anuncia el inicio de tu nueva vida, un sonido atroz que penetra en tu ser y te golpea desde tus adentros. Ya puedes llorar, sufrir o reírte, la carrera acaba de empezar, y deberás superar los obstáculos que puedan surgir en la distancia existente hasta la línea de meta.

Los primeros kilómetros transcurren entre una marabunta de personas repletas de ilusión y buenas maneras, donde la diversión parece ser el único objetivo común. Todos disfrutan del correr, y regalan sonrisas y gestos amables a sus futuros rivales. No existen diferencias de sexo, color, religión o edad. Todos disfrutamos de este placer. Parece que la inocencia nos oculta la cruda realidad que nos resta aún por vivir.

Todo ello transcurre en un circular tranquilo y agradable, siguiendo la estela de aquellos pocos, avanzados, que ya han pasado antes por ahí, y un grupo de representantes de la ley y el orden que te indican cuál es el camino correcto, el camino a seguir.

Poco a poco, la carrera se va haciendo más dura, o, más bien, tú más debilitado, empiezas a ser consciente de la realidad en la que vives, de lo que aún resta por recorrer y los peligros que ello conlleva. Pese a ello, te escudas en los aún muchos que corren junto a ti, que te animan a continuar, y por supuesto, en esas personas que pese a no conocerte de nada se acercan a la carrera para apoyarte y con pequeños gestos de cariño y alegría desinteresados aumentar tu autoestima y animarte a seguir.

Sin embargo, esta felicidad se ve relegada a un segundo plano conforme la carrera avanza, y el esfuerzo se adueña de tu cuerpo. La gente a tu alrededor ya no desprende ese entusiasmo que te encandiló kilómetros atrás, quizás sea la agonía o la propia carrera en sí, pero ya no te descubres como parte de una multitud sino que cada zancada se convierte en un paso más hacia lo más profundo de tu ser. En tu afán de lucha decides ensimismarte para concentrar todos tus esfuerzos en ti, cada movimiento de tu cuerpo pasa a protagonizar tu mente hasta el punto de aislar toda influencia externa, sois tú y la carrera, nadie te puede ayudar.

Esas amables personas que el azar quiso poner a tu alrededor, ya no parecen estar ahí, y de hecho, en los únicos momentos que distorsionan tu aparente tranquilidad, son percibidos como una posible amenaza, un individuo sospechoso que parece estar criticando tu actuación o, simplemente, deseando que falles para poder reírse de tu desgracia.

La carrera se endurece cada vez más, mientras tu mente se cierra a la par. Solo hay lugar para el vacío, imposible frente a una tendencia negativa que inunda de pensamientos este espacio. ¿Qué hago aquí? ¿Cómo voy a llegar así hasta el final? ¿Merece la pena? ¿Por qué no abandonar? Todo ello, acompañado de ecos externos que penetran tu burbuja de pesimismo y la aumentan peligrosamente, tales como: uff, ahora viene lo peor. Decides aislar esas ideas y recordar el motivo por el cual estás ahí y que pareces haber olvidado. Nadie dijo que fuese a ser fácil. Aprietas los dientes y animas a cada músculo de tu cuerpo a dar un poco más.

Es entonces cuando oyes a un rival decir, ¡vamos, kilómetro 7 ya! La carrera parece que te da un respiro, el recorrido se vuelve más asequible y la gente empieza a emanar cierta empatía de nuevo. Al igual que la negatividad logró apoderarse de todos los participantes kilómetros atrás, ahora es el optimismo quien devuelve el golpe y se aferra al colectivo en un auténtico ejemplo de sinergia. Todos juntos, hemos llegado hasta aquí, podemos hacerlo.

Esa aparente euforia te lanza hacia el kilómetro 9, estás muy cerca. Sólo te queda uno. Si has sido capaz de llegar hasta ahí, ¿por qué no vas a poder terminar?

Desgraciadamente el calor y la carrera han hecho mella en tu cuerpo y parecen ofrecerte una respuesta a tal cuestión. Tu físico ya no responde como antes a las iniciativas de tu mente. El final parece no llegar pese a tenerlo tan cerca. En ese momento, los nuevos incorporados a la carrera, que están ahí para iniciarse en este complejo mundo, con sólo dos kilómetros a sus espaldas, hacen su aparición para demostrarte que efectivamente ya no eres el mismo que empezó la carrera. Estos más de nueve kilómetros han pasado factura, y son estos nuevos participantes

Pero no, hay una parte de ti que sigue en pie de guerra y una vez más te recuerda que estás ahí porque realmente quieres estar. Debes estar, por respeto a todos aquellos que una vez te animaron, porque debes transmitir ese optimismo que tanto anhelas pero que tanto agradeciste en su momento. Ahora, puede que no seas rápido, pero puedes aportar la euforia que te da el saber que has pasado lo más duro y estás ahí. ¡Vamos!

Afrontas un kilómetro con mucho más de mil metros, luchas contra la firme sensación de que el destino está desplazando la meta para alejarla progresivamente de ti. Pero sabes que tú puedes correr más, es momento de disfrutar. Llegas a la recta de meta, se acabaron las preocupaciones, los miedos, ya no hace falta guardar nada para el futuro. Estás donde querías estar. Doscientos metros te separan del final y sabes que es el momento de echar el resto. Todo lo que tengas y parte de lo que te gustaría tener.

Vuelves a alzar la cabeza, orgulloso, sacas pecho y subes el ritmo. No hay dolores, cansancio o negatividad. Vuelves a observar esas caras tan desconocidas y anónimas como alegres, que te animan a seguir. Disfrutas esos instantes mientras en tu mente parece transcurrir un resumen de la carrera, con cada zancada, cada pensamiento y cada cara que la carrera ha puesto ahí para ti. Absorto en esos recuerdos, no te das cuenta de que una leve sonrisa decide romper la barrera que tus labios resecos y tu musculatura facial parecían haber erigido. Te ves fuerte, es tu momento, todo merece la pena sólo por estos doscientos metros. Cada paso es un escalón a la gloria. No dudas en regalar ese entusiasmo a espuertas. Tus rivales vuelven a presentarse como compañeros, miembros partícipes de tan bello acontecimiento.

Acompasas una vez más la respiración, aprietas el ritmo y te embriagas de esa alegría que parece surgir de lo más profundo de cada músculo.

Por fin, la meta. Cruzas esa línea orgulloso, satisfecho por la carrera realizada. Por el aprendizaje que ha supuesto, por la gente con la que lo has podido compartir y por saber que hay otros que han empezado el camino para poder iniciar una próxima carrera.

Y entonces piensas: ¡lo logré! ¡Sí señor! ¡Ya estoy aquí! ¡Ha merecido la pena!...

...Bueno, ¿y ahora qué?

Fdo. Un deportista con ganas de correr, un hombre con ganas de vivir.

P.D. Dedicado a todos aquellos desconocidos que en algún momento de mi vida, han decidido acercarse a mi carrera para apoyarme a través de un simple gesto o, incluso, acciones grandiosas, hacer todo lo posible por animarme a seguir, sin plantearse más allá, sin esperar nada a cambio. ¡Gracias!